Después de dos días de cabalgata eso era exactamente lo que necesitaba. El encontrar a aquellos buhoneros sureños ya había sido una bendición. Pero era evidente que aquella noche en la vetusta posada iba a ser para recordar. Las jarras de buen vino de Salnés corrían llenas. Los músicos de la banda de buhoneros eran realmente alegres y compensaban quizá su falta de afinación con volumen, ritmo y canciones soeces de baile. La gente reunida allí, lugareños en su mayoría, disfrutaba la novedad de los extranjeros alegres que les visitaban mientras Súle, bailando como una posesa, disfrutaba de un extraño rato de paz desde hacía casi un mes. El vino la animaba, y también las canciones.
La música que resonaba en la posada llegaba a sus oídos a pesar de la distancia. Su montura piafó nerviosa. El unicornio negro escarbó impaciente con sus cascos delanteros, ansioso por cabalgar como un espectro a través de la noche. La figura cubierta por una capa negra acarició el cuello del poderoso animal para tranquilizarlo. A pocos paso de ellos, a su derecha, tres pequeños dracmaleones cuya piel se había tornado oscura como la noche escrutaban el rostro de su ama, ansiosos. Sus ojillos negros abiertos desmesuradamente y sus colmillos afilados como agujas asomando por sus bocas contrahechas.
Hacía ya dos noches que Súle había partido y Anvil dormía intranquilo. Saber que viajaba acompañada, al menos un trecho del camino, le tranquilizaba. Y sabía que la noche en la posada le haría bien al espíritu de la muchacha. En su duermevela, notó como unos pasos leves, imperceptibles, se acercaban a su camastro. Abrió los ojos para ver como una ardilla negra subía hasta su cama y se plantaba nerviosa ante su rostro, de pie sobre sus cuartos traseros. En un momento fue consciente del área que le rodeaba. La ardilla se escabullía entre las patas de la cama. Alguien, varias personas, armadas, andaban fuera de la cabaña. Se estaban acercando cuchicheando nerviosas en voz muy baja, imperceptible para otros oídos. En un momento agarró una silla y se situó al lado de la puerta.
El violín cantaba una jiga a ritmo frenético mientras Súle bailaba agarrada a uno de los buhoneros sureños encima de la mesa central de la posada, con la concurrencia batiendo palmas y gritando a pleno pulmón canciones obscenas y tradicionales, mezclando el olor del vino y la cerveza con la humareda de la chimenea y el sudor de los cuerpos en movimiento. La fiesta estaba en un verdadero “crescendo” mientras el posadero se afanaba con una sonrisa de oreja a oreja, sirviendo rondas de diversos bebedizos y platos de carnes variadas muy especiadas, que desaparecían nada mas tocar las mesas. La joven estaba exultante. El sudor corría por su cara y su cuerpo, arrastrando con el un recuerdo que volvería en cuanto la adrenalina dejase de bombear y el alcohol despareciese de su cuerpo.
El aire se condensaba en el aliento de la poderosa cabalgadura, semejando un humo infernal que casaba a la perfección con los reflejos iridiscentes que las lejanas luces de la posada arrancaban de los ojos de la bestia. Su jinete sacó de la alforja de cuero repujado lo que parecía un guante de herrero y un cofre de piedra basta, que empezó a humear ligeramente en contacto con el aire puro de la noche. Los tres dracmaleones se agitaron ansiosos, una mueca de cruel deleite en sus caras semejantes a dragones contrahechos. Las pieles de las tres criaturas cambiaron de tono en anticipación de las posibilidades aquello les ofrecía.
La puerta de la cabaña se abrió con violencia al ser pateada desde el exterior. Tres figuras cubiertas de malla y acero entraron a la carrera en la estancia antes de que las astillas de la barra que atrancaba la puerta hubiesen tocado el suelo. Blandían garrotes de madera con la cabeza recubierta de clavos y su forma de moverse delataba su experiencia en el uso de la violencia. Llegaron al centro de la estancia, iluminados apenas por los rescoldos de la chimenea y la luz de la luna que entraba por la puerta. La cama deshecha estaba frente a ellos, vacía. De sus espaldas les llegó un sonido muy similar al gruñido bajo de un perro...
Hacía un rato que Súle simplemente bebía. Se había sentado en un rincón, con una botella de vino de Salnés, después de haber convertido por accidente en astillas uno de los dos sillones que estaban frente a la gran chimenea tras tropezar debido al exceso de euforia provocado por el alcohol y los bailes. Después de conseguir levantarse (le había costado un rato largo) y de pedir mil disculpas al posadero, el humor se le había agriado ligeramente. Los recuerdos volvían. Sus ojos ahora vagaban por la gran sala, mitad curiosos, mitad melancólicos. De repente, algo captó su atención y se levantó casi de un salto, derribando la enésima botella. Avanzó con paso decidido y borracho hacia la zona bajo la escalera que daba acceso a las habitaciones y acabó de apartar las cortinas que ocultaban un viejo clavicordio. Miró a su alrededor, empujó a un borracho al suelo para hacerse con el taburete en el que se sentaba, provocando la risa de los que estaban mas próximos y se sentó frente a las teclas. Respiró hondo. Posó sus manos sobre las piezas marfileñas y volcó su alma.
Al abrir el cofre, de este emanó un fulgor semejante al del metal al rojo blanco. Bajó del unicornio maldito con movimientos casi felinos, su delgada figura haciéndose patente a pesar de la gran capa. Sostuvo el cofre con su mano derecha, enguantada en seda, e introduzco la izquierda cubierta con el pesado guante de herrero. Al sacarla, un clavo de unos quince centímetros, al rojo blanco, refulgió iluminando unos ojos carentes de emociones. Los tres dracmaleones se lanzaron hacia la mujer, babeando y arañándose entre ellos para llegar hasta ella el primero. El cofre cayó pesadamente al suelo, rodando por la hierba, la cual humeó al contacto con el objeto. Sosteniendo el clavo ardiente en alto, sacó un martillo de su cinto. Los dracmaleones en ese momento estaban peleándose entre ellos, usando tanto sus crueles garras como los dientes finos como estiletes, sajándose y arrancándose pedazos de piel mutuamente.
En el exterior de la cabaña el grupo aguardaba expectante. Los guardias tenían virotes prestos en sus ballestas. El magistrado y su acompañante podían oír claramente el ruido de la pelea dentro de la estructura de madera. Gruñidos, golpes... aparentemente los guardias que habían entrado se estaban tomando su tiempo y apaleando de lo lindo a aquel hombre. El acompañante miró con preocupación al magistrado. Le necesitaban vivo y en disposición de hablar. Si le dañaban o ,peor aun, moría... En un segundo se hizo el silencio. Al siguiente momento, un aullido de pánico surgió de la cabaña y un cuerpo salió volando por la destrozada puerta, cayendo con un estrépito de metal a los pies de la comitiva. En el marco de la puerta se dibujó una silueta.
Súle avanzaba colgada literalmente de aquel chico ¿cómo se llamaba? No lo podía recordar. Sabía que era de ese pequeño pueblecillo, pero el alcohol lo nublaba todo. Ella reía bajo, borracha. Miró al frente, hacia la silueta oscura del establo. Vaya, parecía que aquel muchacho tan simpático tenía ideas propias. Tocó la empuñadura de la espada de Anvil. Iba a ser divertido intentar usarla en su estado. Entraron en el establo alumbrados por la linterna del chico. Súle empezaba a sentirse bastante mal. Se soltó y, trastabillando, se apoyó en una columna de madera. Casi vencida por el alcohol se dejó caer sobre un montón de paja. Los ojos se le cerraron mientras miraba hacia la puerta y veía a una mujer con capa y capucha escondida entre las sombras del exterior.
Apoyó el clavo ardiente en la frente del dracmaleón, la cual empezó a sisear debido a la quemadura haciendo que la bestia se encogiese de dolor. Con un rápido movimiento golpeó con fuerza el clavo, hundiéndolo profundamente en la cabeza draconiana de la pequeña criatura, que cayó de espaldas convulsionándose. Inmediatamente su cuerpo empezó a cambiar. Ampollas cubrieron su piel, mientras de su frente brotaban dos pequeños cuernos. Sus garras crecían y la piel de los labios quedó destrozada al desarrollarse los colmillos. Al cabo de un momento la criatura medía el doble de su tamaño normal, encorvada y mas contrahecha aun. La mujer encapuchada la miró a los ojos.
-Mata a la hembra humana que está en esas casas y lleva una espada de Yurqa.
Anvil cargó contra el grupo armado blandiendo unicamente un taburete. Los guardias reaccionaron por instinto y los cuatro lanzaron sus virotes contra aquel loco que corría hacia ellos. Dos de ellos fallaron, el tercero se clavó en la madera del taburete. EL cuarto se clavo profundamente en el hombro izquierdo pero Anvil no se detuvo. Golpeó al primer guardia con un barrido del taburete antes de que pudiese lograr a tocar la espada que colgaba de su cinto, lanzándolo seminconsciente sobre la hierba. El segundo guardia logró desenvainar la espada, pero el taburete se hizo añicos contra su cara. El magistrado y los otros guardias desenvainaron sus aceros. En un segundo Anvil estaba entre ellos. Agarró a otro de los guardias, usándolo como ariete contra el cuarto guardia. Se giró a tiempo de bloquear el golpe que lanzaba el magistrado. Agarrando la muñeca del arma del oficial de justicia, golpeo brutalmente la nariz del infortunado con su frente a la vez que le arrebataba el arma. Se giró con la espada en alto, dispuesto a acabar con aquello de forma expeditiva y se encontró de frente con el sexto hombre. EL brazo se detuvo a medio golpe. Los ojos se habían encontrado. Nunca le había visto pero sabía perfectamente quien era.
-Maestro constructor...
De repente, su vista se llenó de puntos luminosos al recibir un brutal impacto metálico en la base del craneo. Cayó de rodillas y otros dos golpes igual de crueles le derribaron definitivamente. Antes de que la oscuridad le reclamase pensó en Súle...
Del granero salió un hombre joven sosteniendo a una mujer, ambos cubiertos por capas de viaje. El dracmaleon entrecerró sus ojos deformes. Si. La hembra llevaba una espada. Avanzó pegándose a las paredes de la posada, dejando que su piel adoptase el tono de las sombras. El hombre estaba ayudando a la mujer a subir a un pequeño carromato. Tendría que matarlo a el también. Eso le complacía. Espero a que se alejasen. Parecía que buscaban un sitio resguardado, lejos de interrupciones. Si. Eso le convenía. Se habían parado escondidos tras unos árboles. Saltando sigilosamente se acercó donde estaban empezando a intimar. Otro salto le llevó hasta el carromato, la pareja se volvió sobresaltada. Con el pánico en los ojos el chico se agarró la garganta de la cual la bestia acababa de arrancar la traquea.. Se giró hacia la muchacha que, presa del pánico, intentaba desenvainar la espada que había a su lado, una espada de Yurqa con dragones grabados en la empuñadura. Una garra cruel cayó brutalmente sobre ella.
La mujer subió a su unicornio maldito y lo dirigió hacia el norte...
Manifiesto de una consciencia compartida
Hace 6 meses
2 comentarios:
¿Esta es nueva?
Es la que tenía en mi espacio de MSN, pero la voy a volver a publicar por aquí, e iré intercalando cosas nuevas. Así me aseguro un ritmo mas o menos decente de actualizaciones. Por cierto, voy a apuntarme a tu blog, que lo sepas: Trapazine rules!!!
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