Súle apartó la cortina para observar la lluvia sobre el mar que bañaba Salnés. Sus rizos morenos ocultaban parcialmente su rostro. De pie junto a la ventana, ataviada de forma tan extraña para lo que de ella se esperaba, mujer erudita vestida con pantalones anchos de marino, botas de caña alta y camisa de viajero, ciñendo una espada en el ancho cinturón de cuero y con una capa de color oscuro, indefinido por el tiempo ya, que terciaba al hombro con una soltura que hubiese hecho que sus compañeros de estudios no la reconociesen mas que por el brillo de los ojos. Sorbió la taza de cacao humeante mientras veía como la verde pendiente que descendía hacia la playa rocosa se difuminaba por efecto de la lluvia bendita. Se sonrió al recordar como, no hacia tanto, se bañaba en esas mismas aguas al cálido sol veraniego, acompañada de amigos que la hacían reír. Reír. Frunció el ceño y se separó de la ventana.
-Quítate de una vez la capa y acércate al fuego, me vas a dejar la casa llena de barro y agua- Gruñó Anvil desde su sillón junto a la chimenea.
-Tu casa es una pocilga, Anvil. Un poco mas de suciedad ni se va a notar-contestó socarrona la muchacha.
Una sonrisa bailó por un segundo en los labios del hombretón de barba cana. Dejó su taza en la repisa de la chimenea, perdiendo su mirada en algún punto indeterminado de las llamas que ardían en la chimenea, reflexionando. O tal vez recordando.
-Vas a intentarlo, ¿verdad?- murmuró tras una larga pausa Anvil.
-Tengo que hacerlo. Si no lo hago yo, no habrá nadie aquí que quiera hacerlo.
-¿Quieres que te acompañe?
-No.
-Piensas ir sola, pues.
-Sí.
-Prométeme que tendrás cuidado.
-Siempre lo tengo ¿no, Anvil?
-A veces me extraña que sigas entera, niña- contestó con una amplia sonrisa al tiempo que se giraba para observar a la joven. Súle había dejado su capa en el respaldo de la silla y se había sentado en la mesa, con las piernas colgando. Se acercó a ella, la tomó delicadamente de la barbilla con una mano callosa, mas acostumbrada a la rudeza que a aquel gesto paternal, y la miró a los ojos.
-Ten cuidado, Súle Puika, hija del maestro constructor. No solo arriesgarás tu vida. Arriesgarás tu alma y quizás la de los tuyos. Los Mercaderes de Espíritus no dudarán en quemarte viva si te atrapan, como a aquellos pobres diablos hace no tanto.
-Sabes que no quiero morir, Anvil. Sabes que solo quiero poder ser feliz aquí, en mi tierra. Tú lo entiendes, aunque seas solo un visitante ocasional. Los Señores de los Espíritus no han sido erradicados, las cosas no han cambiado por mucho que nos quieran hacer creer lo contrario. Y ahora yo tengo que hacer algo. No puedo permitirme perderle a el también.-Los ojos de Súle ardían, lagrimas pugnaban por salir de ellos.
-Él lo aceptó voluntariamente, Súle. No es tu responsabilidad.
-Sabes que no es así. Encontrarás demasiados esclavos que no sabían lo que hacían en realidad, que desconocían los peligros a los que realmente se exponían. El no es mas que el último de una lista demasiado larga.
-No podrás acabar con ellos. Tu misma me lo dijiste no hace tanto.
-Sí, ya lo sé. Pero puedo liberarle a el.
-Sea pues.
Anvil se acercó a su cama y sacó de debajo un bulto alargado envuelto en telas. Se acercó a la mesa en la que estaba la muchacha, lo depositó con delicadeza al lado de ella y lo empezó a desenvolver.
-¿Qué guardabas ahí? Creía que viajabas siempre con lo justo. Y este bulto es, mínimo, muy grande. Sobre todo cuando siempre estás alardeando de que ya no usas armas.-dijo sonriendo la joven.
-No siempre he viajado bajo este aspecto, Súle. Antes de ser quien soy, he sido otras personas.
-Anvil, te juro por algo importante que este aire de misterioso que te quieres dar a veces es él más patético intento de impresionarme que ha hecho nadie jamás. Y sabes que me revienta- El tono era recriminatorio. La sonrisa en la mirada, innegable. Anvil le guiñó un ojo mientras acababa de quitar los trapos parduscos que cubrían una tela de seda azul oscuro. La forma innegable de una espada. Las peludas manos del hombretón soltaron los cordeles que ataban las telas, que se deslizaron hasta la mesa mientras Súle posó su mano sobre el mango de una espada larga de Yurqa. La guarda de la espada tenía unas delicadísimas filigranas grabadas con forma de dragones marinos. Del pomo de la espada pendía una cadena de algún metal oscuro. Y al extremo de la misma, una cabeza de dragón exquisitamente tallada en el mismo metal. Los ojos de Súle se desorbitaron y su boca se abrió en una mueca de sorpresa.
-Creo que esta vez si te he impresionado ¿eh, niña? Llévala contigo, por favor- sonrió Anvil.
-Es preciosa, Anvil. Y no pesa nada. Creía que ya no se forjaban estas espadas, que sus secretos se habían perdido. ¿De donde la has sacado?
-Repito, he sido otras personas anteriormente- Dijo Anvil mientras desenganchaba la cadenilla con la cabeza de dragón y la colgaba del cuello de la muchacha. En ese momento estaban tan cerca que el aliento de ambos se fundía en uno solo. Anvil la miró a los ojos, demasiado cerca. Acercándose. Bruscamente, se retiró de la chica recogiendo las telas esparcidas encima de la mesa.
-Ese colgante te ayudará en caso de que los Mercaderes te apresen, Súle, no te lo quites. Si intentan esclavizarte a ti también, en él reside la fuerza necesaria para resistir. Recuérdalo.
-Gracias, Anvil- La muchacha se acercó al anciano y le besó la mejilla suavemente, haciendo que el se apartase mas incomodo aun. Súle sonrió dulcemente.- Me voy ya, viejo amigo.
Salieron al exterior de la cabaña, Súle vistiendo su capa, cuya capucha cubría ya sus oscuros cabellos. Anvil dejando que la lluvia empapase su corpachón. El caballo de Súle esperaba en el cobertizo, un ejemplar bayo, de fuertes patas, adecuado para largas marchas. La pequeña muchacha subió ágilmente al caballo mientras Anvil le sujetaba las riendas.
-Ten cuidado, Súle.
-Como diría el Señor de las Llanuras, se feliz, Anvil.
-Angus, además de un pomposo bocazas, no es señor de nada, solo es el guardián. Un guardabosque, como mucho- rezongó Anvil- Además. No seré feliz hasta que no vea de vuelta esa peca tuya encima de tu sonrisa.
-Espérame, pues. No creo que tarde mas de una semana.- Espoleó su montura, alejándose en dirección al norte...
Manifiesto de una consciencia compartida
Hace 6 meses
2 comentarios:
Apoyo esta iniciativa y te doy la bienvenida a este nuevo espacio ;-)
Hey, aun no has empezado y ya te has ido?
Bueno, ya que paso por aqui, aprovecho para felicitarte las navidades, y dejarte mis mejores deseos para el año que entra.
Un besazo, muchacho!!
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