Esta tarde he podido disfrutar de una tarde de cine. De cine de verdad. He podido ver la última de Amenabar. He podido deleitarme con el inmenso trabajo de vestuario, con los decorados magníficos, con la ambientación cuidada, con unos actores que, si bien no bordan el papel, resuelven con solvencia sus actuaciones (como dicen los críticos). La verdad, me lo he pasado muy bien viendo una peli con un guión solido y una ejecución a la vez sobria y contundente. Las escenas de violencia intercaladas entre los momentos mas místicos de los personajes mantenían un ritmo que para nada se me ha hecho pesado y me han hecho pasar el rato sin mirar ni una sola vez el reloj.
En resumen, que me ha gustado.
Y también me ha hecho pensar.
Y me ha hecho darme cuenta, en la posterior tertulia de camino a casa sobre la peli, de los ciclos de destrucción en los que los hombres, en nuestro fanatismo, nos sumergimos. Como los que han sido perseguidos, se convierten a su vez en perseguidores de los que no son como ellos. De como no aprendemos de los errores que se comenten contra nosotros y, en lugar de adoptar una postura mas filosófica, mas mesurada, mas cabal, se vuelve tan radical como los que una vez le oprimieron. Y siempre se hace (o se usa como excusa) en nombre de una forma de vida mejor: Al-Andalus, Jerusalem, Tierra Santa, Irak, Bahía Cochinos, Guerra Civil española, las grandes guerras mundiales, Gaza y Cisjordania, Afganistan... Siempre se ha antepuesto el convertir a los demás antes que el colaborar con los demás. Se ha convertido en marca de la casa el aplastar bajo tu bota a los que te oprimieron en lugar de tender la mano a los que ahora está por debajo de ti. No se busca el crear puentes, sino el destruir templos. Por eso me horrorizan en grado sumo gente como Ahmadineyad o Ariel Sharon con su fanatismo cerril, que ponen en peligro a millones de seres humanos en aras de una superioridad supuesta, quemando sus naves y haciendo que las opciones para el dialogo razonado se diluyan como un terrón de azúcar en un café ardiendo. Me repele gente como los Bush, que anteponen los intereses de ciertos grupitos de amiguetes y de su propia familia a los intereses de los que están a su cargo. Me pasma ver como gerifaltes religiosos repiten los errores de épocas pasadas simplemente porque los suyos sufrieron esos errores anteriormente. Me provoca arcadas ver como gentes con una cultura, con un nivel económico elevado y una supuesta educación occidental hacen de su capa un sayo y convencen a las gentes de sus países natales para que odien a los países que les han hecho ricos a ellos, solo para que ellos puedan ser mas ricos todavía. Me fascina de una manera insana como gente culta coge algo que, en principio, tendría que ser bueno, como puede ser la religión o el comercio, y lo usan como razón, motivo, garantía o excusa para cometer el mas horrendo crimen que un ser humano puede perpetrar contra otro: Matar. Y es que lo que se puede ver en Ágora, en esa película, no es mas que el circulo vicioso de auto destrucción que el egoísmo humano, el egocentrismo fundamentalista reducido al entorno de una ciudad de las postrimerías del Imperio Romano, pero extrapolable a cualquier cultura, momento y lugar de la historia de la Humanidad.
Y es que el convertir una religión, ya sea sobre dioses o ideas o creencias políticas, en dogma de fe inalterable, inmutable y excluyente es lo que nos transforma en alimañas dispuestas a arrancarle los ojos al que tenemos al lado. Por eso no suelo hablar de política ni de futbol. Los radicales me asustan. Me aterran. Me hacen temer por el futuro...
Un mal sueño
Hace 11 meses